miércoles, 10 de abril de 2013

Cenizas


Escuchaba las sirenas de los camiones de bomberos pasar a mi lado. Sin darle mayor importancia pensaba en cómo toda la vida de una persona (sus pertenecías, sus recuerdos, lo que ha juntado y conservado durante su vida) se podían evanescer en un simple día con algo como un incendio. Era una zona residencial, así que supuse que el incendio debía ser en una casa y no en una fábrica o un edificio, donde pensé que podrían ser más comunes este tipo de eventualidades. Alguien hoy, algún vecino mío quizás, se vería obligado a iniciar una nueva vida.
Ya había pasado suficiente tiempo desde que había oído la sirena como para que mis pensamientos estuviesen enfocados en otro objeto. Pensaba en que al llegar a mi casa debía terminar y enviar el informe de gasto del último mes al estúpido de mi jefe. “Odio mi trabajo” pensé con resignación, pero luego llegué a la conclusión de que en verdad no me importaba. Sólo quería acostarme temprano para compensar las horas de sueño perdidas durante la semana.
Faltaban menos de cien metros para llegar a mi casa cuando, al girar en la esquina, vi una conglomeración de gente junto al camión de bomberos frente a mi humeante hogar. “No puede ser, lo que me faltaba…”. Ya no podría dormir tranquilamente esta noche como lo venía deseando, seguramente perdería mi empleo porque lo más probable era que mi informe estuviera hecho cenizas, me vería obligado a iniciar una nueva vida.
Corrí hacia la multitud y al acercarme escuché vagamente que el oficial de bomberos le decía a mi vecina “Al parecer fue un suicidio” con aire cansado. Llegué frente a la puerta y vi cómo dos bomberos, llenos de hollín, sacaban algo cargado entre los dos. Sentí cómo mi piel se erizaba y cada uno de mis huesos temblaba mientras que mi saliva se volvía cenizas al ver a mi chamuscado pero reconocible cadáver pasar cargado frente a mí.

Pirámide roja


Sentía las hojas crujir bajo sus pies. El viento se colaba por los agujeros de su ropa y recorría cada centímetro de su piel, pero ni siquiera esto lograba sacarlo de sus cavilaciones. La nieve ya cubría sus pies descalzos y él no movía su mirada de una pequeña esfera roja. Pese a su aspecto decrépito, mostraba gran fortaleza ante su situación.
Dio un rápido parpadeo y al abrir los ojos sintió que una gota de sudor se resbalaba por su piel, ya no soportaba el calor de este desierto, sentía que su garganta era de estopa y sus piernas flaquearon, en un segundo sentía como la arena quemaba sus rodillas mientras éstas se hundían en ella. Cerró sus ojos fuertemente mientras sentía cómo escurría el lodo por sus brazos.
Cuando los volvió a abrir un insecto voló directamente a su rostro y en un intento por evadirlo tropezó cayendo de bruces en el pantano. Movió su mano derecha tratando de sujetarse de algo para salir del fango y, al mismo tiempo que se limpiaba el lodo de su rostro con la mano desocupada, logró agarrar una cuerda.
Cuando quitó el lodo de sus ojos y los pudo abrir, siguió la cuerda que lo llevó hasta el bote salvavidas, lo único que había quedado del naufragio. Nadó hacia él y se subió. No podía quitarse el sabor a sal de la boca, pero el ver que sólo había azul a su alrededor lo distrajo lo suficiente para olvidarlo por un momento. Se echó en el suelo del bote buscando algo de sombra. Se metió debajo de una lona que cubría un tercio del bote y se adentró hasta el fondo de este espacio.
A medida que avanzaba a gatas debajo de la lona, se hacía más y más oscuro hasta que se halló completamente a ciegas y con suficiente espacio para ponerse en pie. Logró divisar un pequeño punto blanco que se volvió en su guía, como el fuego a una mariposa. Caminó y caminó a su vez que la luz se hacía más grande hasta convertirse en una gran entrada.
Salió de la cueva deslumbrado por el reflejo del cielo en la nieve, sin embargo, se echó a andar con ánimo. Tras casi dos horas de ardua caminata se detuvo en frente de un árbol. Sonrió mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Entonces se agachó y empezó a remover la nieve hasta que su mano izquierda se detuvo sacando de entre la suave blancura del suelo un pequeño cubo rojo.

El puente


Quien más se acordaba del sufrimiento de Don Zambrano fue Inés, el ama de llaves que sólo conoció esa casa ya que el trabajo le fue heredado de su madre. Ésta le enseñó a barrer, limpiar ventanas, a poner la mesa y a servir el café exactamente a las cuatro. Inés sólo supo vivir ahí y llegó a conocer tanto las grietas de las paredes que las sentía como si fueran sus propias arrugas, a conocer tanto las paredes que las creía extensión de su propia piel. Dejar la casa hubiera sido dejar su vida misma, así que aún después de la muerte del señor y la señora Zambrano, Inés no tuvo más remedio que permanecer ahí.
El resto del pueblo llegó a pensar que estaba loca por no salir, que le iba a hacer daño el aire a muerto de la casa e iba a terminar muerta ella también. Poco a poco el pueblo rezagó la casa de la vieja Inés pues la asociaba a tristeza y desamparo y la gente le tenía miedo a acercarse tanto a la soledad pura.
Se dice que en una ocasión, la hija de la costurera y el hijo del carnicero terminaron jugando a la orilla del río y sólo alcanzaron a escuchar al mismísimo Mario Zambrano cantándole a su mujer como lo hizo en vida. Los niños de momento no reaccionaron por pura ignorancia de historias de amor antiguas pero se asustaron a ver la figura de Inés moviéndose dentro de la casa. Inés llamó a los Zambrano a comer y ellos casi se desvanecieron al dirigirse a la casa.
La gente seguía creyendo que Inés estaba loca por no irse pero en realidad no alcanzaban a entender que Inés era la casa misma y que no podía irse y dejar al señor y a la señora Zambrano sin el café a las cuatro.

Ventanas



Cerrando la puerta, mire al cielo y me di cuenta de que en realidad nunca había salido de mi claustro, de que el sol, la luna y todos los astros estaban en mi interior, de que era infinito.

El manzano


Como cada martes en la mañana, fue al parque que se encontraba exactamente a tres cuadras de su casa. En esta ocasión tuvo que esconderse de su madre puesto que a ella le preocupaba que le fuese a pasar algo y ella, a su edad, ya no podía acompañarla en su rutina semanal.
            Su actividad favorita solía ser columpiarse hasta sentir que el estómago se le subía a la garganta pero, desde hace ocho días, había descubierto un manzano que se encontraba en el centro del parque. La razón por la cual no se había encontrado con este árbol anteriormente era porque acostumbraba ir directamente a los juegos sin reparar en los árboles y sus frutos. Desde que halló este manzano, pasaba horas sentada bajo su sombra, jugando a que era una princesa que vivía en la torre más alta del castillo donde había un pequeño jardín lleno de árboles frutales que le hacían compañía al suyo. Perdida en su fantasía, exclamó: -¡Sería mejor si hubiese más árboles como este para jugar bajo ellos!-, justo cuando hubo terminado su frase, una manzana cayó del árbol pegándole en la cabeza.  Inmediatamente supo que lo había ofendido y, arrepentida, lo abrazó fuertemente. El viento silbaba más fuerte entre las ramas del manzano y ella supo que había aceptado su disculpa.
            Abrió los ojos y miró la mesa de noche cercana a la cama de donde había saltado una gata blanca. Inútilmente trató de forcejear una vez más contra él pero no tenía forma de escapar y menos después de haber tomado tanto. Cerró los ojos una vez más buscando encontrar a ese amigo que ya no reconocía deformado sobre ella, intentó cobijarse bajo su sombra de nuevo y poco a poco el crujido de la cama se fue convirtiendo en viento, en viento que silba al pasar por entre las ramas del manzano.

Vidrios rotos


Una gota cayó al agua. Mis ojos se fijaron detenidamente en cómo la gota roja se difuminaba en el agua cristalina hasta deshacerse por completo. Trataba de encontrar rastro alguno de la misteriosa gota en el agua cuando de repente otra gota cayó en el vaso. Esta vez, la gota tardó un poco más en extenderse por todo el vaso.
 -Así deben verse las nubes en el infierno.- pensé al ver las formas que tomaba la gota de sangre en el vaso. Parecía moverse tal como una nube en el cielo. Esta vez el agua no quedó tan cristalina, adquirió un tono rosa muy tenue (lo suficiente para mis propósitos) así que levanté el vaso y salí de la habitación.
Mientras caminaba por el oscuro corredor, con cuidado de no derramar el contenido del vaso, empecé a oírle. La punta del dedo me dolía un poco por el pinchazo pero era de esos dolores que no se sabe si se sienten bien o mal. Su voz se hacía más fuerte. Veía el suelo pensando que ya era hora de limpiar ese sucio pasillo, los insectos muertos y las ratas corriendo de aquí para allá me tenían cansado, sin embargo, sabía que no iba a limpiarlo. Se estaba quejando, se escuchaba sufrimiento en sus roncos gritos. Un par de gotas cayeron al suelo, espabilé y seguí mi camino.
Llegué a la puerta, era vieja, la madera se veía enmohecida, tenía un cerrojo de metal oxidado sobre el que reposaba un viejo y pesado candado. En la parte inferior de la puerta había una pequeña abertura cuadrada con una tapa como las que suelen usar para que las mascotas entren y salgan. Me agaché y, mientras con una mano abría la puertecilla para mascotas, con la otra introducía el vaso de agua. En ese momento los gritos cesaron y se escucharon rápidos pasos hacia la puerta, entonces vi cómo una mano pálida y larguirucha me agarraba por la muñeca. Se sentía su debilidad en la manera en la que trataba de apretarme. Dejé el vaso en el suelo y, con un movimiento brusco, me solté de su mano y volví a erguirme cerrando la puertecilla. Escuché cómo sujetaba el vaso y lo arrastraba hasta sí para beber su contenido y mientras me devolvía por el pasillo escuché el vaso estallar en mil pedazos contra la puerta de madera mientras los gritos empezaban de nuevo.
–Idiota, no voy a recoger más vidrios rotos.- Dije calmadamente mientras me alejaba por el pasillo. Ahora que me alejo de aquella habitación pienso que estoy mucho mejor de este lado de la puerta. Antes llegaba cada cierto tiempo a destrozar mi mente, a alimentarse de ella para luego dejarme tirado entre los vidrios. Desde que cambiamos de lugar se contenta con un par de gotas de mi sangre. Sin embargo, se acerca la hora de liberarme por completo.

Calaverita en marzo


Qué curioso que la Muerte,
Un día sin más ni más,
Decidiera probar suerte,
Como siempre muy sagaz.

No deseaba estudiar
Una materia cualquiera,
Anhelaba filosofar
Como nadie más pudiera.

Desde luego escogió
De los planteles el mejor,
Acatlán, pues, eligió,
¡Quería aprender con fervor!

Así que llegó a la FES
Porque quería entender
Si todo lo que existe es
Y si existe el no ser.

Al llegar al edificio
Se quedó muy preocupada,
Para ella un artificio
Era comprender la nada.

Del alma quiso descifrar
Si habrá límite alguno,
No lo pudo ella hallar,
Es el logos tan profundo


La Catrina contrariada
A Heráclito dejó,
Y siguió esperanzada,
Su paso no aflojó.

Sobre Platón escuchó
Algo de una tal caverna,
La Flaca sí que luchó,
No entender la consterna.

Pensó: “¡Lógica es fácil!
Pues de pensar es cuestión.”
Pero no era tan grácil
En la de proposición.

“¡Con Ética voy a poder!”
Sin embargo se perdió.
Por Aristóteles leer
La virtud no entendió.

Ni con la Ontología,
Ni sobre la Hermenéutica,
Ni de Epistemología,
Mucho menos con Estética.

La Calaca se rindió.
“¿Pa' qué querría saber
Lo que un griego entendió
De qué es en verdad el ser?”




“¡Si yo soy mucho más sabia,
De la muerte sí comprendo!
¡Esto me llena de rabia,
A los vivos no entiendo!”

“¿Qué van ellos a decirme
Lo que es o no es el alma?
Mejor, creo, es ya irme
…Luego vengo con más calma.”