Como cada martes en la mañana, fue al parque que se
encontraba exactamente a tres cuadras de su casa. En esta ocasión tuvo que
esconderse de su madre puesto que a ella le preocupaba que le fuese a pasar
algo y ella, a su edad, ya no podía acompañarla en su rutina semanal.
Su
actividad favorita solía ser columpiarse hasta sentir que el estómago se le
subía a la garganta pero, desde hace ocho días, había descubierto un manzano
que se encontraba en el centro del parque. La razón por la cual no se había
encontrado con este árbol anteriormente era porque acostumbraba ir directamente
a los juegos sin reparar en los árboles y sus frutos. Desde que halló este
manzano, pasaba horas sentada bajo su sombra, jugando a que era una princesa
que vivía en la torre más alta del castillo donde había un pequeño jardín lleno
de árboles frutales que le hacían compañía al suyo. Perdida
en su fantasía, exclamó: -¡Sería mejor si hubiese más árboles como este para
jugar bajo ellos!-, justo cuando hubo terminado su frase, una manzana cayó del
árbol pegándole en la cabeza.
Inmediatamente supo que lo había ofendido y, arrepentida, lo abrazó
fuertemente. El viento silbaba más fuerte entre las ramas del manzano y ella
supo que había aceptado su disculpa.
Abrió los
ojos y miró la mesa de noche cercana a la cama de donde había saltado una gata blanca. Inútilmente trató de forcejear una vez más contra él pero no tenía
forma de escapar y menos después de haber tomado tanto. Cerró los ojos una vez
más buscando encontrar a ese amigo que ya no reconocía deformado sobre ella,
intentó cobijarse bajo su sombra de
nuevo y poco a poco el crujido de la cama se fue convirtiendo en viento, en
viento que silba al pasar por entre las ramas del manzano.

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