miércoles, 10 de abril de 2013

El manzano


Como cada martes en la mañana, fue al parque que se encontraba exactamente a tres cuadras de su casa. En esta ocasión tuvo que esconderse de su madre puesto que a ella le preocupaba que le fuese a pasar algo y ella, a su edad, ya no podía acompañarla en su rutina semanal.
            Su actividad favorita solía ser columpiarse hasta sentir que el estómago se le subía a la garganta pero, desde hace ocho días, había descubierto un manzano que se encontraba en el centro del parque. La razón por la cual no se había encontrado con este árbol anteriormente era porque acostumbraba ir directamente a los juegos sin reparar en los árboles y sus frutos. Desde que halló este manzano, pasaba horas sentada bajo su sombra, jugando a que era una princesa que vivía en la torre más alta del castillo donde había un pequeño jardín lleno de árboles frutales que le hacían compañía al suyo. Perdida en su fantasía, exclamó: -¡Sería mejor si hubiese más árboles como este para jugar bajo ellos!-, justo cuando hubo terminado su frase, una manzana cayó del árbol pegándole en la cabeza.  Inmediatamente supo que lo había ofendido y, arrepentida, lo abrazó fuertemente. El viento silbaba más fuerte entre las ramas del manzano y ella supo que había aceptado su disculpa.
            Abrió los ojos y miró la mesa de noche cercana a la cama de donde había saltado una gata blanca. Inútilmente trató de forcejear una vez más contra él pero no tenía forma de escapar y menos después de haber tomado tanto. Cerró los ojos una vez más buscando encontrar a ese amigo que ya no reconocía deformado sobre ella, intentó cobijarse bajo su sombra de nuevo y poco a poco el crujido de la cama se fue convirtiendo en viento, en viento que silba al pasar por entre las ramas del manzano.

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