miércoles, 10 de abril de 2013

Pirámide roja


Sentía las hojas crujir bajo sus pies. El viento se colaba por los agujeros de su ropa y recorría cada centímetro de su piel, pero ni siquiera esto lograba sacarlo de sus cavilaciones. La nieve ya cubría sus pies descalzos y él no movía su mirada de una pequeña esfera roja. Pese a su aspecto decrépito, mostraba gran fortaleza ante su situación.
Dio un rápido parpadeo y al abrir los ojos sintió que una gota de sudor se resbalaba por su piel, ya no soportaba el calor de este desierto, sentía que su garganta era de estopa y sus piernas flaquearon, en un segundo sentía como la arena quemaba sus rodillas mientras éstas se hundían en ella. Cerró sus ojos fuertemente mientras sentía cómo escurría el lodo por sus brazos.
Cuando los volvió a abrir un insecto voló directamente a su rostro y en un intento por evadirlo tropezó cayendo de bruces en el pantano. Movió su mano derecha tratando de sujetarse de algo para salir del fango y, al mismo tiempo que se limpiaba el lodo de su rostro con la mano desocupada, logró agarrar una cuerda.
Cuando quitó el lodo de sus ojos y los pudo abrir, siguió la cuerda que lo llevó hasta el bote salvavidas, lo único que había quedado del naufragio. Nadó hacia él y se subió. No podía quitarse el sabor a sal de la boca, pero el ver que sólo había azul a su alrededor lo distrajo lo suficiente para olvidarlo por un momento. Se echó en el suelo del bote buscando algo de sombra. Se metió debajo de una lona que cubría un tercio del bote y se adentró hasta el fondo de este espacio.
A medida que avanzaba a gatas debajo de la lona, se hacía más y más oscuro hasta que se halló completamente a ciegas y con suficiente espacio para ponerse en pie. Logró divisar un pequeño punto blanco que se volvió en su guía, como el fuego a una mariposa. Caminó y caminó a su vez que la luz se hacía más grande hasta convertirse en una gran entrada.
Salió de la cueva deslumbrado por el reflejo del cielo en la nieve, sin embargo, se echó a andar con ánimo. Tras casi dos horas de ardua caminata se detuvo en frente de un árbol. Sonrió mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Entonces se agachó y empezó a remover la nieve hasta que su mano izquierda se detuvo sacando de entre la suave blancura del suelo un pequeño cubo rojo.

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