Quien
más se acordaba del sufrimiento de Don Zambrano fue Inés, el ama de llaves que
sólo conoció esa casa ya que el trabajo le fue heredado de su madre. Ésta le
enseñó a barrer, limpiar ventanas, a poner la mesa y a servir el café
exactamente a las cuatro. Inés sólo supo vivir ahí y llegó a conocer tanto las
grietas de las paredes que las sentía como si fueran sus propias arrugas, a
conocer tanto las paredes que las creía extensión de su propia piel. Dejar la
casa hubiera sido dejar su vida misma, así que aún después de la muerte del
señor y la señora Zambrano, Inés no tuvo más remedio que permanecer ahí.
El
resto del pueblo llegó a pensar que estaba loca por no salir, que le iba a
hacer daño el aire a muerto de la casa e iba a terminar muerta ella también.
Poco a poco el pueblo rezagó la casa de la vieja Inés pues la asociaba a
tristeza y desamparo y la gente le tenía miedo a acercarse tanto a la soledad
pura.
Se
dice que en una ocasión, la hija de la costurera y el hijo del carnicero
terminaron jugando a la orilla del río y sólo alcanzaron a escuchar al
mismísimo Mario Zambrano cantándole a su mujer como lo hizo en vida. Los niños
de momento no reaccionaron por pura ignorancia de historias de amor antiguas
pero se asustaron a ver la figura de Inés moviéndose dentro de la casa. Inés
llamó a los Zambrano a comer y ellos casi se desvanecieron al dirigirse a la
casa.
La
gente seguía creyendo que Inés estaba loca por no irse pero en realidad no
alcanzaban a entender que Inés era la casa misma y que no podía irse y dejar al
señor y a la señora Zambrano sin el café a las cuatro.

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