miércoles, 10 de abril de 2013

Vidrios rotos


Una gota cayó al agua. Mis ojos se fijaron detenidamente en cómo la gota roja se difuminaba en el agua cristalina hasta deshacerse por completo. Trataba de encontrar rastro alguno de la misteriosa gota en el agua cuando de repente otra gota cayó en el vaso. Esta vez, la gota tardó un poco más en extenderse por todo el vaso.
 -Así deben verse las nubes en el infierno.- pensé al ver las formas que tomaba la gota de sangre en el vaso. Parecía moverse tal como una nube en el cielo. Esta vez el agua no quedó tan cristalina, adquirió un tono rosa muy tenue (lo suficiente para mis propósitos) así que levanté el vaso y salí de la habitación.
Mientras caminaba por el oscuro corredor, con cuidado de no derramar el contenido del vaso, empecé a oírle. La punta del dedo me dolía un poco por el pinchazo pero era de esos dolores que no se sabe si se sienten bien o mal. Su voz se hacía más fuerte. Veía el suelo pensando que ya era hora de limpiar ese sucio pasillo, los insectos muertos y las ratas corriendo de aquí para allá me tenían cansado, sin embargo, sabía que no iba a limpiarlo. Se estaba quejando, se escuchaba sufrimiento en sus roncos gritos. Un par de gotas cayeron al suelo, espabilé y seguí mi camino.
Llegué a la puerta, era vieja, la madera se veía enmohecida, tenía un cerrojo de metal oxidado sobre el que reposaba un viejo y pesado candado. En la parte inferior de la puerta había una pequeña abertura cuadrada con una tapa como las que suelen usar para que las mascotas entren y salgan. Me agaché y, mientras con una mano abría la puertecilla para mascotas, con la otra introducía el vaso de agua. En ese momento los gritos cesaron y se escucharon rápidos pasos hacia la puerta, entonces vi cómo una mano pálida y larguirucha me agarraba por la muñeca. Se sentía su debilidad en la manera en la que trataba de apretarme. Dejé el vaso en el suelo y, con un movimiento brusco, me solté de su mano y volví a erguirme cerrando la puertecilla. Escuché cómo sujetaba el vaso y lo arrastraba hasta sí para beber su contenido y mientras me devolvía por el pasillo escuché el vaso estallar en mil pedazos contra la puerta de madera mientras los gritos empezaban de nuevo.
–Idiota, no voy a recoger más vidrios rotos.- Dije calmadamente mientras me alejaba por el pasillo. Ahora que me alejo de aquella habitación pienso que estoy mucho mejor de este lado de la puerta. Antes llegaba cada cierto tiempo a destrozar mi mente, a alimentarse de ella para luego dejarme tirado entre los vidrios. Desde que cambiamos de lugar se contenta con un par de gotas de mi sangre. Sin embargo, se acerca la hora de liberarme por completo.

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