Escuchaba las sirenas de los camiones de bomberos pasar a mi
lado. Sin darle mayor importancia pensaba en cómo toda la vida de una persona
(sus pertenecías, sus recuerdos, lo que ha juntado y conservado durante su
vida) se podían evanescer en un simple día con algo como un incendio. Era una
zona residencial, así que supuse que el incendio debía ser en una casa y no en
una fábrica o un edificio, donde pensé que podrían ser más comunes este tipo de
eventualidades. Alguien hoy, algún vecino mío quizás, se vería obligado a
iniciar una nueva vida.
Ya había pasado suficiente tiempo desde que había oído la
sirena como para que mis pensamientos estuviesen enfocados en otro objeto.
Pensaba en que al llegar a mi casa debía terminar y enviar el informe de gasto
del último mes al estúpido de mi jefe. “Odio mi trabajo” pensé con resignación,
pero luego llegué a la conclusión de que en verdad no me importaba. Sólo quería
acostarme temprano para compensar las horas de sueño perdidas durante la
semana.
Faltaban menos de cien metros para llegar a mi casa cuando,
al girar en la esquina, vi una conglomeración de gente junto al camión de
bomberos frente a mi humeante hogar. “No puede ser, lo que me faltaba…”. Ya no
podría dormir tranquilamente esta noche como lo venía deseando, seguramente
perdería mi empleo porque lo más probable era que mi informe estuviera hecho
cenizas, me vería obligado a iniciar una nueva vida.
Corrí hacia la multitud y al acercarme escuché vagamente que
el oficial de bomberos le decía a mi vecina “Al parecer fue un suicidio” con
aire cansado. Llegué frente a la puerta y vi cómo dos bomberos, llenos de
hollín, sacaban algo cargado entre los dos. Sentí cómo mi piel se erizaba y
cada uno de mis huesos temblaba mientras que mi saliva se volvía cenizas al ver
a mi chamuscado pero reconocible cadáver pasar cargado frente a mí.

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